2 abr. 2014





                                 
                           Hay alguna física en el amor haciendo que los cuerpos se
 atraigan. Led Zeppelin suena en la caja oscura del pub. Afuera llueve
 y hace frío. Estamos aquí por no sé qué conjunción de soledades, la 
curiosidad, esta desidia del tiempo que nos hace ir de un lugar a otro... Las palabras se han quedado quietas. Estamos cerca. Puedo oler tu pelo, el dulce jabón que habrá recorrido tu cuerpo horas antes. El yo establece conjeturas indelebles, divagaciones, dudas sobre el cómo llegar a tí, a tus labios. Nuestras bocas son torpes, tropiezan los dientes, pero hay un olvido, un silencioso olvido de toda la carga del vivir en ese instante. Se olvidan los miedos, las dudas..., y seguimos besándonos. Acaricio tus pechos. Y las manos se buscan y los cuerpos... La música hace rato que ya no nos importa. Hay una barrera tras la piel, un código del que sabemos los números secretos. Están en nuestras manos, desnudos. Están en la mirada. En la tarde que acaba cuando salimos a la calle abrazados a respirar un aire distinto. A comprobar que somos verídicos, que podemos continuar y volver a vernos con el mismo titubeo que el aire o la lluvia que se agita entre las ramas de la acacia. Llueve. Tenemos miedo. Equivocarnos puede ser un paso atrás. Devolver los números secretos y dejar que desaparezcan como la lluvia por los sumideros de la tarde. Hay una hipérbole del amor que obliga a esperar, siempre.   

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